
Hace unos meses un buen amigo japonés, egresado el año pasado de mi laboratorio y pronto a ser enviado en un tour-de-force a Arabia Saudita por la compañía en la que ahora trabaja, recibió de su novia aquel ultimátum que los hombres tanto tememos: “¿y? ¿te vas a casar conmigo o aquí terminamos?”
Ambos tienen menos de veintiséis años pero son novios desde hace unos seis. Ya lo saben, pasaron hace poco del “aniversario de luna” al “aniversario de nube” y, estando camino al “aniversario de garúa”, el pressing se hizo notar. Además los 25 años son considerados aquí la edad matrimonial por excelencia para las mujeres, así que la presión venía por todos lados (ya lo había predicho el buen Pascal).
Así que, sin mucho tiempo por delante ya que el boleto al país de los camellos está fechado para agosto, programaron su matrimonio para el próximo domingo 19, justo el fin de semana posterior a San Valentín… ¡Qué romántico!
Un amigo malasio y yo fuimos invitados a la ceremonia, ¡nuestro primer matrimonio japonés!, así que aceptamos la invitación sin chistar. Sin chistar y sin contar con las costumbres japonesas. Pero, ¡hey!, todos los días se aprende algo, ¿no?
Luego de aceptar, el novio nos preguntó si nos quedaríamos a pasar la noche en esa ciudad, luego de la recepción. “No se preocupen, yo invito”. Nosotros, occidentales, cautos, y sin ganas de ocasionarle un gasto extra a nuestro amigo, decidimos que no. Viajaríamos en un bus nocturno, nos lavaríamos la cara en el Terminal de buses, asistiríamos a la ceremonia, y regresaríamos a Kyoto esa misma noche en otro bus nocturno. “No se preocupen, es tradición japonesa”, nos repetía él. Pero nosotros, tercos como sólo los extranjeros somos capaces aquí, nos negamos tres veces (como Pedro). Y la cosa quedó allí.
Allí, hasta que hace una semana recibimos la invitación formal… ¡acompañada de boletos de tren bala! (y de un mensaje que repetía “no se preocupen por eso, que es tradición japonesa”).
Preocupados por esto de “tradición japonesa” decidimos investigar. Y resulta que…
Efectivamente, cuando eres invitado a una boda en una ciudad alejada de la tuya, el novio pagará los gastos que te ocasionará el asistir (i.e., pasajes y estadía). Los pasajes son normalmente en tren bala (que es la manera más cómoda de viajar) y la estadía en un hotel cercano al lugar de la recepción. Pero…
Esta misma tradición japonesa indica que el regalo a los novios deberá ser en dinero rabioso, adecuadamente oculto dentro de un sobre especial (en Japón el dinero es considerado “sucio” así que todos le alcanzan el dinero a los demás dentro de un sobre), por un monto igual o superior al que han gastado por ti en la boda. Así que ahora mi amigo malasio y yo deberemos obsequiarles a los novios como regalo de bodas “un sobre” con por lo menos cien o ciento cincuenta dólares en él (el costo del boleto).
Esto de no conocer todas las tradiciones del país que te cobija puede resultar realmente costoso…
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